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Un cerebro inmaduro

Una nueva generación de investigadores en neurología se han planteado esta pregunta: ¿Poseen el mismo cerebro que un adulto? Y la respuesta es: No, en absoluto

A los 18 años, Benito ha cogido prestado el coche de su padre para marcharse de vacaciones con sus amigos. A las 2 de la mañana, va a 180 km/h en una carretera secundaria, la música vibra por todo su cuerpo, la línea blanca de la carretera desfila como en un video juego. Detrás de él, las chicas se han dormido, la cabeza apoyada sobre el hombro del compañero. La velocidad, la música, los amigos, las chicas… Benito siente que posee un control total, absoluto. Entonces, aparece una curva demasiado cerrada que no ha visto llegar. El coche sale disparado hacia delante, se mete en una fosa y se empotra contra un árbol. Nadie ha resultado herido, pero ha sido un milagro. Henri, su padre, está consternado: ¿Cómo ha podido su hijo correr semejantes riesgos?

Fabiola increpa a su hija de 15 años por enésima vez: “¿Otra vez al teléfono? Nos habíamos puesto de acuerdo: ¡No llamarías a tus amigos hasta que hubieras acabado tus deberes!”. Nadia se encoge de hombros y masculla algo al tiempo que aprieta el aro que atraviesa su ombligo. Al salir del cuarto de su hija, Fabiola se siente una vez más impotente y desemparada. ¿No hay manera de hacerle comprender lo que es importante para ella?

Gusto por el riesgo, búsqueda de sensaciones fuertes, incapacidad de motivarse por lo que es realmente importante, sumisión irreflexiva al grupo de amigos, arrebatos de cólera… Pero, ¿qué pasa por la cabeza de los adolescentes? Una nueva generación de investigadores en neurología se han planteado esta pregunta: ¿Poseen el mismo cerebro que un adulto? Y la respuesta es: No, en absoluto.

Desde el epistemólogo y psicólogo suizo Jean Piaget (1896-1980), se pensaba que el desarrollo del cerebro y de sus funciones casi había finalizado hacia los 12 años. En efecto, el cerebro ha llegado a su tamaño definitivo en ese momento, pero el perfeccionamiento de técnicas para la observación cerebral prueban hoy en día que la maduración del cerebro no llega hasta los 20, incluso los 25 años.

El cortex prefontal – el que da al ser humano su frente abombada, que le distingue de los grandes simios – es responsable de controlar nuestros impulsos y de nuestra capacidad para protegernos de lo que pueda venir. Ahora bien, según el doctor Jay Giedd, del Instituto americano de la salud, en Washington, el “cableado” de su substancia blanca – la vaina de neuronas que aseguran una conducción fiable en la transmisión nerviosa – no llega a su madurez antes de los 20 años de edad por término medio. Desde la pubertad en cambio, hacia los 12 años, los ovarios y los testículos comienzan a funcionar a pleno rendimiento. Las hormonas que se liberan bañan las neuronas del cerebro emocionalmente y estimulan la necesidad de afirmarse, de ser tomado en serio, de descubrir lo que existe más allá de las fronteras familiares y de experimentar la pertenencia a un grupo.

Por lo tanto, hay un desajuste entre la maduración hormonal, que empuja a los niños a tomar riesgos, y la maduración de la región cerebral, que podría permitirles hacer reflexionar antes de lanzarse… Es, sin duda, una de las razones que explica que las dos primeras causas de mortalidad en los adolescentes sean los accidentes y el suicidio.

Según Laurence Steinberg, profesor de Psicología en la universidad de Temple, en Filadelfia, esta secuencia «hormonas-primero, cortex frontal-después» podría ser comparada con un coche que se pone en marcha en manos de alguien que no sabe conducir. Por otra parte, si la ciencia ha tardado tanto tiempo en reconocer esta etapa tardía en la maduración del cerebro, las compañías de alquiler de coches, por su parte, no se han equivocado: la mayoría no alquila coches a menores de 25 años.

Entonces, ¿cómo ayudar a nuestros hijos a pasar este periodo delicado? Para ayudarles a compensar su falta de control, hay que poder guiarles al ofrecerles actividades estructuradas (horas de deberes, periodos para comer, para hacer deporte, para ver la televisión o jugar). También, hay que poder hablar con ellos sobre temas delicados: decepciones con las amistades o el amor, salir, alcohol, drogas, etc.

Pero justamente de lo que más se quejan los adolescentes es de recibir constantemente reprimendas de sus padres, que les repiten las mismas órdenes durante todo el tiempo; a lo que ellos responden encerrándose en el silencio o el enfurruñamiento... Antes de hablarles, hay que saber escucharles. Un estudio de la universidad de Illinois sugiere que cuanto más se sienten escuchados los adolescentes por sus padres, más receptivos se hacen a lo que se les dice.

Por tanto, habría que comenzar por abrirse a aquello que les preocupa, más que concentrarse en lo que nos inquieta. Y por supuesto no olvidar la receta para todas las relaciones importantes de nuestra vida: una buena dosis de paciencia y amor…